Salud  ·  14 de julio de 2026

Bailar en un centro de día


Imagen: Magnific

Carmen siempre tuvo afición por el baile. Experimentaba esa sensación apabullante de querer estar en un escenario, sobre todo cuando llegaban las fiestas del pueblo. Sin embargo, ella solo se tenía que contentar con ver a sus hermanas mayores aprender algunos pasos de las canciones tradicionales de la tierra, y ella trataba de imitar esos pasos sin un instructor claro.

Fue siempre autodidacta, pero su carácter un tanto tímido le impidió apuntarse a una academia. A veces no se pueden achacar las decisiones a una forma de ser, sino a la propia inercia de las cosas. Solo habría sido posible en los años de la soltería, después ya no. Se fue con su marido a trabajar a Madrid, ella como empleada, y se olvidó de esa afición llevada a cabo cuando no la veía nadie, en la oscuridad de la alcoba y cuando sus hermanos ya se habían dormido.

Ahora, con 78 años, puede hacer realidad esa afición. Ya no va a triunfar, pero seguramente hay cosas más importantes que triunfar a nivel global, sino más bien a nivel de la felicidad de la persona. Acude a las clases de baile del centro de día, lo que más le gusta es que de esa forma puede relacionarse sin hablar, con hombres y mujeres. A veces no es necesario hablar para relacionarse, incluso puede ser un impedimento.

El baile puede con todos los achaques producidos por las causas externas, aquellas sobre las que una persona no tiene culpa alguna. Mejora la coordinación y el equilibrio, pero sobre todo el principal beneficio es la mejora del estado de ánimo, la ruptura de la soledad. A nadie que le guste el baile le va a afectar el aislamiento social.

En los últimos años ha habido un esfuerzo por adaptar el baile a personas con movilidad reducida, aunque no es el caso de Carmen, salvo por el dolor a veces en la cadera. Es una buena razón para acudir al centro de día, en los últimos años la condición física de cada uno se ha visto como algo salvable y adaptable, por fortuna.


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